El 11 de Marzo de 2004 unos vagones saltaron por los aires.
Ofrecer una cifra exacta de los muertos sería dar verosimilitud a este
artículo, pero la verosimilitud, como dijo una vez una persona más inteligente
que yo, es enemiga de la verdad. La cifra esta en boca de todo el mundo, pero
me parece que es macabro repetir unos cuantos números cuando hablamos de
muertos. Cada vida tiene un valor incalculable y reducir la existencia de una
persona a una lista de defunción me parece inaceptable.

Quizá, no obstante, hay una persona a la que considero necesario
mencionar. Es una persona cuya historia se reduce a unos pocos meses de
gestación. Estoy hablando de un bebé que falleció en aquel atroz atentado.
Todavía no había podido vivir lo suficiente como para saber el mundo que le
esperaba allí afuera… Aquí, entre nosotros, que nos consideramos los vivos.

Pero entre toda aquella oscuridad de roja sangre, atento a
los ecos del corazón de una madre que nunca llegó a alumbrar, fue testigo del sonido
de la traición, del precio del poder, del chantaje, de la crueldad y la
avaricia de aquellos que dicen gobernar democráticamente. Pagando como tarifa
de acceso al poder el precio de miles de recuerdos, sonrisas, bromas, viajes,
trabajos… y, en definitiva, varios
cientos de vidas que intentan ignoran como el espectro de una culpa que a todos
nos visita cuando nos encontramos solos en la oscuridad.

¿Merecía ese niño nacer en un país así? Un país donde se
explotó el miedo, un país donde la unión está por debajo de los intereses
partidistas, un país, que en definitiva, es indigno de recordar a personas que
muriendo nos recordaron el precio de la democracia siendo transformados en arma
arrojadiza. Ese niño, allí donde se encuentre, agradecería el no haber vivido,
sabiendo que su voz jamás hubiese sido escuchada… El poder del individuo que
unido a otros conforman la masa. Una masa de gente que reivindica sin ser
atendida. Un grupo de personas que luchan por vivir sin miedo pero cuyos
gobernadores están aterrorizados. ¿Tuvo que ver ETA en los atentados?

¿Qué importa eso ahora?

Sea como fuere el PSOE pagó por subir al poder, pues las
elecciones estaban perdidas. La victoria del terror supuso la subida de José
Luís Rodríguez Zapatero, el cual mata una y otra vez a aquellas personas,
desangrándolas al borde de las vías del tren con sus entrañas desparramadas…
gritando y gimiendo. Todo el partido se cubrió las manos de sangre, por la
actuación de unos pocos, y jamás conseguirá limpiarse el rastro de una culpa que
sigue acarreando un día tras otro que continúa pactando con el miedo y poniendo
precio a nuestra libertad.