¿Por qué cada vez que veo un beso recuerdo lo solo que estoy? ¿Y por qué cuando encuentro una excusa para terminar la soledad, me vuelvo y marcho? ¿Me asusta el cambio, me asusta compartir, me asusta la entrega, o me asusta todo lo ajeno a mí?

¿De verdad tengo miedo a no estar solo? ¿O tengo miedo al rechazo? ¿Al dolor de un adiós?
Una mierda.

Tajantemente, soy capaz de afirmar que todos debemos luchar sin miedo por aquello que queremos, cruzar mares y cielos, todo el globo para acabar lo que en nuestro corazón floreció.

Si esto supone crear conflictos con todos aquellos a los que creímos apreciar, si esto supone culpar al mundo y ocultarnos en la oscuridad, si esto supone morir, que así sea. Yo os digo que esa gente a la que conocisteis pero no amasteis la olvidareis, el mundo se volverá inicuo si con ella no acabáis, ocultaros de los demás no será triste pues con ella estaréis, y si tienes que morir, que mejor motivo que por aquello que amas. Pero cuando has encontrado el amor, es imposible darle fin, cuando estás enamorado, nunca morirás del todo.
Pero el hecho de que todo el mundo tenga a alguien y yo no hace que me pregunte espero picaronamente, ¿Y yo qué? ¿Quién será mi deseo cumplido, mi luz en la oscuridad, quién será la esperanza y la confianza?

¿Quién da sin recibir nada a cambio? Sólo aquella a la que se le ha dado todo. Todo lo necesario, por que no es más rico quién más tiene sino quién menos necesita. No buscamos la persona perfecta, o si lo hacemos es una búsqueda equivocada. La persona que nos llene será aquella que tenga algo que otras no tengan. Un gesto que inspire confianza, una sonrisa que transmita alegría, una mano que nos tranquilice, un beso que nos anime.